Cultura

GNR. ¿Avanzando hacia al Transhumanismo?

Publicado originalmente el mes de abril de 2010 en el «Mundo Obrero», con la colaboración de Javier Menéndez García

“Si cada instrumento pudiese, en virtud de una orden recibida, o si se quiere, adivinada, trabajar por sí mismo, como las estatuas de Dédalo o los trípodes de Vulcano, que se iban solos a las reuniones de los dioses; si las lanzaderas tejiesen por sí mismas; si el arco tocase solo la cítara, los empresarios prescindirían de los operarios y los señores de los esclavos”, escribió Aristóteles en su Política. Hoy, 2500 años después, estamos empezando la revolución que nos conducirá a la era de las estatuas y trípodes de los que habló el filósofo. Esta revolución, como todas las grandes revoluciones, tiene un sustrato tecnológico. Para explicar dicho sustrato utilizaremos tres letras: GNR (Genética, Nanotecnología y Robótica). La primera formulación científica sobre GNR la encontramos en el libro de Ray Kurzweil “La Singularidad está Cerca”. Este libro fundamental tiene de los novedoso la exposición de una ley que pone en relación los tres aspectos del GNR: la ley de los rendimientos acelerados. Según esta ley, el desarrollo tecnológico no es lineal, sino exponencial, o sea, que el lapso de tiempo entre dos avances tecnológicos es cada vez menor.

En consecuencia, el significado de palabras como trabajo, esperanza de vida, producción, socialismo o capitalismo cambiará radicalmente en apenas veinte años. En el campo de la genética, la secuenciación del genoma humano supuso el disparo de salida para combatir y entender enfermedades hasta hace poco incurables, entre ellas la enfermedad del envejecimiento mismo. Tanto es así que muchos científicos consideran que hablar de la esperanza de vida de individuos nacidos hoy en países desarrollados y con acceso a los sistemas sanitarios es ya un sinsentido. Dentro de poco, Kurzweil habla de mediados de la década de 2020, estarán disponibles las primeras terapias antienvejecimiento. A ellas se les sumarán poco después los avances nanotecnológicos.

La creación de dispositivos cada vez más pequeños ha hecho posible que hoy ya se estén realizando implantes cerebrales. Este proceso de miniaturización promete la creación de máquinas del tamaño de células humanas. A largo plazo, estas nanomáquinas serán introducidas en nuestro cuerpo a través del torrente sanguíneo y serán capaces, junto con la acción de terapias genéticas, de examinar, controlar y reparar cualquier tipo de daño celular causado por el envejecimiento y otras enfermedades degenerativas. Las consecuencias no se notarán sólo en el campo de la biomedicina, sino también en la producción industrial. A día de hoy ya tenemos la posibilidad de mover átomos a nuestro antojo. Esto significa que, en teoría, podríamos construir cualquier objeto “átomo a átomo”. El problema es que, con la tecnología actual, tardaríamos cientos de años en construir un objeto visible para el ojo humano. En el futuro no seremos nosotros quienes transformemos la materia, lo harán nuestras estatuas y trípodes.

La capacidad del cerebro es de 1016 operaciones por segundo. Cuando seamos capaces de construir computadoras con esta capacidad y conozcamos el cerebro lo suficiente como para emular todas sus partes en un ordenador, entraremos en la era de la inteligencia artificial (IA) fuerte. Actualmente estamos en una fase de IA débil. Ya hay dispositivos de IA que se usan para actividades que hace poco se consideraban puramente humanas. Cuando entremos en la fase de IA fuerte no habrá campo en el que las máquinas no sean tanto o más eficaces que nosotros y se romperá la barrera entre humano y robot. Entonces seremos capaces de desarrollar N de manera industrial y la producción de bienes de consumo se hará de forma automática.

“Hay mil senderos que jamás fueron hollados, mil fuentes de salud y mil escondidas tierras de la vida. El hombre y la tierra de los hombres todavía no han sido descubiertos ni agotados. Auras de secretos impulsos vienen del porvenir”. Nietzsche, incomprendido devenir transhumano, puso estas palabras en boca de Zaratustra. Entonces fueron malinterpretadas, hoy pertenecen a los pueblos preparados para conquistar el futuro. Ese es el gran reto de la izquierda: el futuro, no el pasado. Poco importa si Kurzweil se equivoca al poner fechas a los avances en materia de GNR, la realidad indiscutible es que nos dirigimos a un futuro donde el motor económico de los países se basará en la tecnología y especialmente en GNR. Debemos abandonar nuestro modelo productivo actual centrado básicamente en el consumo interno, el turismo y la construcción para adoptar uno basado en la tecnología, área donde España sigue siendo un país de segundo nivel. Una idea de nuestra iniciativa privada nos la dan dos datos: el número de patentes por millón de habitantes en España era en 2005 de 4,55, mientras que la media de la OCDE era de 42,97 y de la UE a quince de 29,41, y el porcentaje de empresas oferentes de productos de innovación en el mercado fue en España, entre 2002 y 2004, sólo un 17,99%, mientras que en la OCDE fue un 44,02%. Estas diferencias se hacen todavía más sangrantes cuando analizamos nuestro sector público. Nuestro país cuenta con el dudoso honor de ser el estado de la UE con más pérdida de investigadores y con un abandono escolar que supone ya el 31%, el doble de la media de la UE. A esto datos se le suma una paradoja del mercado de trabajo español que empeora todavía más nuestra competitividad en GNR: el porcentaje de licenciados en ciencias e ingenierías en España es superior al de la media de la OCDE, un 62,77% frente a un 59,80%, y aun así el número de investigadores en nuestro país es de un 34,96 por mil y en la OCDE de 44,26 (datos de 2006).

El “VI Plan Nacional de I+D+i 2008-2011” establece claramente la intención de construir una nueva bio-economía basada en el conocimiento. Para ello se prevé incrementar la inversión en I+D gradualmente hasta alcanzar el 2,2% del PIB en 2011. Nuestro punto de partida es muy pobre (en 2002 Ford invertía más en I+D que todo el Estado Español junto) pero aunque se cumplieran las previsiones del plan sólo conseguiríamos igualarnos a la media de la OCDE del año 2004. A día de hoy sabemos que ni siquiera esto se va a conseguir porque, tal y como ha señalado la Confederación de Sociedades Científicas de España (COSCE), este año, el primero de la crisis, el incremento de recursos destinados a I+D+i prácticamente se ha estancado, mientras que para cumplir el plan del Gobierno los recursos deberían incrementarse un 16% anual. De esto también es de lo que tiene que ocuparse la izquierda, sobre todo si la alianza de las fuerzas del trabajo, la ciencia y la cultura forman parte del nuevo sujeto revolucionario o por lo menos, son agentes interesados en la transformación del modelo económico y social vigente.

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