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Acuerdo respecto a Irlanda del Norte entre Reino Unido y la Unión Europea, un rápido comentario

Este artículo debe verse en el contexto analizado en el siguiente artículo sobre Irlanda del Norte y Escocia, también tratado en esta revista digital.

El Reino Unido y la Unión Europea han alcanzado un acuerdo sobre Irlanda del Norte. Al final, como consecuencia del mismo, el gobierno de Londres ha anunciado que eliminará los artículos controvertidos presentes en el proyecto de ley de mercado interno que le hubieran dado la potestad de violar su compromiso anterior de crear aduanas entre Reino Unido e Irlanda del Norte.

Londres basaba sus argumentos en el hecho de que hasta ahora siempre se mostraba contraria a crear una frontera, aunque tan sólo fuera de índole comercial, en el Mar de Irlanda. Por parte de la UE el motivo de sus demandas no era otro que una exigencia para proteger el mercado único y, de paso, también para atacar a Londres precisamente por el lugar que era más débil.

El gobierno dirigido por Johnson lo percibió como una división del país en dos. El miedo a perder el control del último pedazo de la isla Esmeralda que controla ha tenido un peso ciertamente relevante. De ahí el sensacional movimiento del proyecto de ley que autorizó a Londres a contravenir acuerdos internacionales. Algo totalmente fuera de lugar para Reino Unido, que todavía valora, y mucho, la opinión pública en lo que respecta al cumplimiento de ciertos tratados. No es casualidad que esas medidas fueran duramente rechazadas por la Cámara de los Lores, es decir, por la rama del Parlamento con poderes mucho menos concretos que la Cámara de los Comunes, pero guardiana, junto con la institución de la monarquía, de lo que se supone debe ser lo mejor de la tradición británica. La oposición de Washington, que se hizo pública con Joe Biden, hizo el resto, junto con un escenario internacional en el que el Reino Unido está ubicándose y debe situarse en un contexto francamente interesante en Asia, la región MENA y Europa del Este, por citar algunos.

Los movimientos hechos por Boris Johnson sirvieron para encontrar un compromiso con la UE. De hecho, los negociadores de Bruselas han acordado reducir al mínimo los controles sobre los productos alimenticios y farmacéuticos de Reino Unido, incluir en una larga lista de productos aquellos que no corren el riesgo de ser introducidos de contrabando en la UE a través de Irlanda y no sancionar las ayudas estatales al sector agrícola y de la pesca, lo cual podría distorsionar la competencia. A cambio, los británicos, además de acabar con las partes controvertidas de la Ley de Mercado Interior, han acordado una pequeña presencia de funcionarios de Bruselas en Irlanda del Norte para vigilar el cumplimiento de este acuerdo.

El resultado viene a ser una suerte de punto intermedio que aparentemente acaba por dejar descontentos a los actores involucrados lo menos posible. A su vez, permite una vía abierta para el comercio entre la UE y el Reino Unido a través de Irlanda, mantiene la posibilidad, a cambio, de reunificar la isla. Londres informa a los unionistas de Belfast que no los ha olvidado y mantiene la mano libre para aplicar los compromisos de forma más o menos rígida. Los europeos pusieron un pie en Irlanda del Norte, donde ocasionalmente pueden presionar a los británicos. Clásico compromiso geopolítico que no cierra el juego sino que lo pospone.

No obstante, la cuestión de Irlanda del Norte ha sido el principal obstáculo para un Brexit suave, pero no el único. De hecho, continúan las frenéticas negociaciones para alcanzar un acuerdo sobre las relaciones UE-Reino Unido antes del 31 de diciembre.

Johnson está en el continente para una cena con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Los líderes de Francia y Alemania se negaron a recibirlo. Pero ahora que la cuestión de Irlanda del Norte ha sido removida, el entendimiento está más cercano, y con ello la definición real de Reino Unido en una nueva Europa que estaríamos en la antesala de ver.

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