Cultura

Una reflexión personal a partir del libro «El dominio mental: geopolítica de la mente». De Pedro Baños Bajo

El coronel en la reserva del Ejército, Pedro Baños Bajo, ha publicado durante el último trimestre de este año anómalo, su tercer libro con la editorial Ariel. Y, en este caso, entra en una de las facetas más interesantes de cómo se ejerce el poder. Se trata, parafraseando al general francés Hubert Lyautey, «gagner les coeurs et les esprits».

El tercer libro de Pedro Baños nos propone una reflexión muy interesante, pues hemos comprobado por los dos primeros que, en varios aspectos, estamos presenciando una guerra que está definiendo bandos, intereses… Pero, este tercer libro conduce, por lo menos en mi caso, a la reflexión siguiente: Comprender la guerra es sobre todo comprender a quienes la libran. ¿Por qué los seres humanos logran luchar? ¿Cómo se ejerce la violencia, la coacción? ¿Y si puedo coaccionar sin que el coaccionado se dé cuenta? ¿Y si evito la coacción porque creo militantes de ciertas ideas? ¿Cuál es el verdadero equilibrio de poder en los conflictos contemporáneos, y particularmente, en este que estamos presenciando?

Ya para Sun Tzu la guerra es el arte del engaño y la dimensión psicológica es una parte integral, incluso fundamental, en la conducción de una guerra. Al respecto, para Clausewitz la guerra representa el uso ilimitado de la fuerza bruta y la dimensión psicológica es sólo incidental en la propaganda. No obstante podemos fijar una línea que marca, para mí opinión, un cambio en la concepción del valor dado a la mente y los corazones, y viene definido por la descolonización, el capitalismo del deseo que inicia su fase de consolidación cuando llegamos a los años 60 del siglo XX en Europa, y una de cuyas manifestaciones sería lo relacionado con Mayo del 68 y sus implicaciones y consecuencias, siguiendo a Clouscard, Guy Debord y su libro «La sociedad del espectáculo».

En esas fechas históricas de finales de los años 60 y principios de los 70 se producen una serie de cambios económicos, geopolíticos, culturales, sociales, etcétera que lleva a la estructuración de un movimiento que se da en ambos lados del Atlántico. Siguiendo a Clouscard en Néo-fascime et idéologie du désir (1973), podemos rastrear un proceso que en Europa parte con mayo de 1968 y que permitió configurar lo que se ha denominado “Bobó”, expresión que junta bourgeois bohème, un intento de una clase social consumista, vinculada a las nuevas tecnologías y a las grandes empresas, que pretende unir el materialismo y la estética y valores burgueses, siendo identificados no por su papel en la producción, si no por sus patrones de consumo. Asimismo, mezclan el idealismo liberal de los 70 y el egoísmo individualista de los 80, ambos originarios del otro lado del Atlántico, Estados Unidos.

En efecto, para Clouscard, en aquellos momentos se estaba originando lo que él llamó un “capitalismo de la seducción”. Para él mayo de 1968 es una revolución de las nuevas clases medias educadas que quieren ejercer una hegemonía que reconstruya la modernidad, pasar a la posmodernidad, por consiguiente, cuyo motor es la configuración de un nuevo mercado, basado en el deseo y profundamente individualista. Para él se constituye las bases por las que en el plano político-cultural se produce un giro hacia la izquierda, centrándose en este aspecto a nivel de análisis; mientras que a la par, en el plano económico-social, se inicia un giro a la derecha que conduce a una suerte de “socialdemocracia libertaria” o “liberalismo-libertario”. Como tal, es un sistema en revolución permanente y afecta a todos los campos, odia la estabilidad. Se generan unas nuevas clases medias que tenderán a no poseer ni capital ni medios de producción como gran masa, siendo las que tomarán el timón de la animación, en la vertiente cultural, y de la dirección y refuerzo de la ofensiva de un nuevo liberalismo, que, como tal, no tiene nada que ver con el liberalismo de la modernidad. La centralidad en la seducción y en el deseo establece una nueva herramienta de dominación que se basa en la moda y la publicidad, que pone las bases de un mayor consumismo, el establecimiento omnipresente del mercado (mercado laboral, mercado político, etcétera). Se produce, así mismo, una eternización de la fase infantil, incluso en la edad adulta para dirigir a los individuos hacia el consumo. A su vez, analiza Clouscard que aparece una nueva disidencia, a la que él llama “disidencia subvencionada” y que gira cada vez más asociada a la droga, que representa la “esencia misma de la sociedad de consumo”. La liberación sexual genera una liberalización sexual que pasa a estar intrínsecamente adherida al capitalismo, generando otro mercado, el del sexo y llevando a la mujer del concepto mujer-vientre al de mujer-sexo.

De modo que el conocimiento de la psique del consumidor-votante se convierte en un elemento sobre el que disputar, en una amalgama del poder económico y político. Para 1981 advierte que la crisis revelará el verdadero rostro y naturaleza de este sistema: y que parte de la perversión de la palabra “austeridad”, que es en verdad una represión económica sobre la clase obrera en un primer momento, para extenderse posteriormente por todas las capas sociales que no participan de la auténtica hegemonía del sistema: la financiera. La crisis de los años 80 trae consigo la revolución informática, que también generará un mercado y al final se convierte en una de las piezas conectivas de los otros mercados en un abaratamiento de los costes que crea más precariedad todavía, y más “microconsumo”. Las consecuencias son paro, inflación, etcétera.

El nuevo escenario de comunicación no se fundamenta en datos y hechos y en su procesamiento desde un punto de vista racional, sino en la difusión eficaz de historias conmovedoras y emociones, de forma breve, que va conformando una opinión pública menos informada y mucho más manipulable, en un contexto como el actual precisamente el daño y el socavamiento de la democracia liberal es mayor, y así se genera una de las explicaciones sobre la presencia de líderes cada vez más fuertes, más “autoritarios”.

Con el pretexto de mejorar la experiencia para sus usuarios, las empresas desarrollan algoritmos cuyas funciones incluyen determinar lo que será visible –o no–. Lo que crees que “todo el mundo dice” en todas las redes sociales solo se dice en tu muro. Un algoritmo construye un relato de la opinión pública distorsionado específicamente para ti. No es solo lo que eliges seguir, que eso ya te delata. Es que el algoritmo te sugiere contenidos y perfiles, te envía una alerta diciendo que tus amigos o los que sigues han compartido esto, y tú te sientes impelido a hacer lo mismo para sentirte parte de la masa, de una manera acrítica, porque de alguna manera se bonifica la aprobación de los demás a través de las redes sociales que refuerzan la idea de sentirse en apariencia jueces, cuando más bien somos policías o vigilantes, ya que la masa no construye su opinión: se la dan construida. La repetición insistente, el condicionamiento y las condiciones ambientales en las que se organiza nuestra inteligencia y nuestras relaciones hacen el resto.

De ahí que se emplee la estrategia del palo y la zanahoria. La zanahoria, o el refuerzo positivo, nos insta a continuar compartiendo información personal y a aceptar las nuevas ideas como propias, todo para obtener la aprobación del “mundo”. El palo juega el papel de “el enemigo”, el otro, que nos quiere perjudicar y hasta provocar, sea este un individuo, un colectivo, una nación o un segmento de la población. Se ha constatado, por ejemplo, que las emociones negativas conllevan a tendencias de acción en línea más fuertes que las emociones positivas; por lo tanto, ciertos algoritmos terminan priorizando aquellos contenidos y comentarios que provocan reacciones de ira u odio en el usuario.  La suma del palo y la zanahoria contribuye a radicalizar posturas y a agudizar antagonismos existentes en la sociedad. En definitiva, nos están convirtiendo en personas rencorosas, tristes, asustadizas, poco empáticas, aisladas y triviales; demasiado parecidas a los perros de Pávlov o al experimento del pequeño Albert, de Watson.

Se trata de crear una hegemonía a partir de la supuesta realidad objetiva y perceptible por un público que vive en una ilusión omnisciente, que por otro lado ni investiga ni lee tan sólo sigue la corriente; en verdad estamos ante un producto informativo, transformado y pensando para llevarnos a un estado concreto y a tomar lo que vemos en la pantalla del móvil, el ordenador o el televisor que emite esas imágenes y mensajes breves como la única realidad que todo el mundo puede ver. Y a la velocidad con la que aparecen nuevas publicaciones o comentarios que nos refuerzan o que nos desafían hacen que perdamos la posibilidad de emplear el razonamiento crítico.

Lo que nos lleva directamente a las llamadas dos últimas revoluciones industriales, es decir la que ejemplifica la computación e Internet o 3.0 y la que nos hallamos ahora mismo, que está echando a andar, y que tiene como buques insignia la I.A. y el big data.

Pero para hablar de revolución industrial, deben darse los siguientes factores forzosamente:

  • Incrementar la tasa de crecimiento económico.
  • Aumentar la productividad del trabajo, del capital, de los multifactores.
  • Que el crecimiento potencial y el nivel de vida de la ciudadanía suban.

Tal y como explica el profesor Robert Gordon en “The Rise and Fall of American Growth”, la revolución tecnológica no ha dado lugar a un aumento apreciable de la productividad. El premio Nobel de Economía de 1987 Robert Solow, “la era de los ordenadores se ve en todas partes menos en las estadísticas de productividad”.

  • Las nuevas innovaciones tienen que ver más con el entretenimiento y el consumo, y no implican una mayor capacidad de producción.

De hecho, hoy por hoy, las revoluciones 3.0 y la 4.0, a la que estamos entrando en estos momentos, han generado los siguientes efectos:

  • Burbujas financieras,
  • Acumulación de renta y riqueza en unas pocas manos.

Han resultado fundamentales en el desplazamiento del capitalismo productivo en favor de un capitalismo financiero, que se ha hipertrofiado, impulsado por la revolución de la computación y la información, ya que genera modelos y algoritmos que permiten mayores y mejores sistemas de depredación sobre la economía real, productos financieros cada vez más complejos, burbujas financieras que cuando explotan sus efectos son absorbidos por la siguiente, de mayor tamaño aún.

En el plano político esto se ha trasladado a problemas de representación en las fuerzas políticas, en los sindicatos… y la presencia cada vez más evidente de lo que el filósofo político Sheldon Wolin llamó Totalitarismo invertido, es decir la combinación de un cuerpo legislador débil, un aparato legal que es a la vez complaciente y represivo, un sistema de partidos en que cada uno de ellos, en el poder o en la oposición, se dedica a mantener el sistema existente para favorecer a una clase dominante integrada por los ricos y poderosos. Y es en este sentido en el que también influye la computación y la información, pues favorece la gestión de información que generamos miles de millones de personas, resulta más fácil dirigir mensajes e inducir ideas en la masa y controlar el discurso que pueda resultar potencialmente peligroso para los que se hallan en la cúspide.

Lo cierto, es que el nuevo capitalismo que se está presentando ante nuestros ojos pelea también por la generación de datos en la red, quién lo haga y quién los consume se convierte en capital, por dos razones: supone dinero y también supone influencia.

El ejemplo de Cambridge Analytica

Un estudio del Instituto de Internet de la Universidad de Oxford adquiría un interés alarmante: “Las agencias gubernamentales y los partidos políticos han utilizado las redes sociales para difundir propaganda política, contaminar la información en línea y obstaculizar la comunicación. libertad de expresión y libertad de prensa ”. De este estudio de la Universidad de Oxford se infiere que la red social Facebook se ha convertido en el canal preferido para esta desinformación con campañas realizadas en 56 países de los 70 afectados. A pesar de que ahora en la red social de Zuckerberg es posible marcar a usuarios específicos que probablemente reaccionan y repiten hasta la saciedad el mismo mensaje hasta la asimilación. Pero el método sigue siendo aún más eficaz. ¿El motivo? Los usuarios de Internet están cansados ​​de la ingente cantidad de información que nos llega a diario. Debemos reflexionar sobre el hecho de que el cerebro humano es menos capaz de pensar críticamente frente a información visual o contenido que confirma nuestra opinión: el “sesgo de confirmación”. Asimismo, los usuarios de las redes sociales son ellos mismos un vector importante para la difusión de contenidos falaces, que ellos mismos comparten sin malas intenciones.

En este sentido, el referéndum del Brexit fue un ejemplo de lo que viene a llamar Nassim Taleb la «dictadura de las minorías«. Es evidente que, partiendo del ejemplo de cómo en Europa se come Halal, mientras que en Estados Unidos se come Kosher, o cómo es que comemos productos sin gluten si no somos absolutamente celíacos, en definitiva ejemplos de lo que ya Karl Popper percibe: basta con que un 3% se muestre intransigente, por los motivos que sean, para que el 97% ceda al respecto de ese punto. Evidentemente, este 3% está entre los más poderosos, pues cuentan con la supremacía para enfrentar ideas a otro grupo pequeño de influencia, y pelear por ellas.

Una encuesta del Eurobarómetro publicada en 2018 también muestra que este movimiento preocupa a la población: el 83% de las personas encuestadas cree que la información falsa representa un peligro real para la democracia. Un miedo reforzado aún más por la llegada de los “deepfakes”, que borran aún más la línea entre realidad y ficción. Apoyándose en este Eurobarómetro, la eurodiputada Anna Fotyga hacía unas interesantes reflexiones en esta entrevista, que recomiendo leer.

La ONG First Draft publicó una suerte de guía que aporta unos elementos dignos de tener en consideración, pues cataloga los diferentes tipos de contenido creado y compartido: sátira o parodia (que a veces puede inducir a error involuntariamente), contenido engañoso, contenido falaz (que imita fuentes reales de información), contenido fabricado (en parte basada en hechos reales), enlaces erróneos, información veraz citada en contexto incorrecto y, finalmente, contenido manipulado.

En un artículo publicado en The Hill, el general Jean-Paul Palómeros, reflexiona sobre la larga historia de desinformación por parte de las autoridades públicas, pero también subraya que los riesgos que enfrentan ahora son mayores.

El general propone el ejemplo del gran boicot de abril de 2018 en Marruecos. En un primer momento adoptó la apariencia de ser un movimiento espontáneo de un pueblo harto, pero lo cierto es que resultó ser una campaña orquestada por militantes islamistas, apoyándose en miles de mensajes engañosos, un pequeño laboratorio de militantes islamistas y campañas de publicidad agresivas. Todo con el fin de «debilitar la confianza que los marroquíes depositan en su clase política». ¿El objetivo? Prepararse para influir de una forma muy significativa en las próximas elecciones, en 2021. Fruto de las contiendas, este boicot, seguido por gran parte de la población, cuyos motivos de enfado eran desde luego legítimos y, en su fuero interno, considerados como justos, resultó en un éxito innegable.

Pongo este ejemplo también para comprender cómo apelan cada vez con más frecuencia a la presión popular, a través de los medios de comunicación y las redes sociales para manipular a las masas y presionar en el sentido político y con la dirección que quien las controle desee, al no cuestionarse la información, apelar a los instintos, a las emociones primarias mediante la potenciación del uso del complejo reptiliano o complejoR, también conocido por “cerebro reptiliano”, que incluye el tronco del encéfalo y el cerebelo, controla el comportamiento primario y el pensamiento instintivo; además del sistema límbico (amígdala, hipotálamo e hipocampo), que es el origen de las emociones, la sensación de agradable/desagradable. Y deja fuera el neocórtex o corteza cerebral, que es dónde se halla el pensamiento racional, avanzado, la sapiencia. Todo ello, según el modelo de división de las funciones del cerebro de Paul MacLean, que desarrolla en su obra The triune brain in evolution: role in paleocerebral functions. New York, 1990 Plenum Press PP 33-38, 43, 47, 49, 61-75, 198-216, 282-289, 2993, 296, 300-342.

Mostrando el funcionamiento de «El dominio mental»

El libro de Pedro Baños ahonda en el funcionamiento en la actualidad para lograr conquistar las «mentes y los corazones», para lo que se usa una amplia panoplia, incluso en apariencia inocente. El entretenimiento, al que nos mostramos cada vez más expuestos, como ya he mencionado líneas arriba, tiene un papel fundamental. Así, siguiendo a Pedro Baños, las películas, las series y otros entretenimientos ya mencionados aquí como los reality shows o los talent shows; a lo que se ha añadido las plataformas de contenidos en streaming.

Pero Pedro Baños entra también en otro tipo de estrategias, si cabe mucho más hábiles y de mayor calado, como son las hábiles estrategias de neurocomunicación y neuromarketing, y cómo impactan en lo que venimos insistiendo en este artículo reflexivo a partir de la lectura de este libro, el comercio y la política.

Ya se han mencionado otros aspectos a lo largo de este artículo en los que el autor entra, reflexiona y muestra con el afán de llegar a cualquier público que caracteriza a Pedro Baños.

En definitiva, una excelente lectura, que recomiendo hacer de manera sosegada y reflexiva.

El dominio mental, editado por la editorial Ariel, en papel y en libro electrónico, con formato Epub2, y también en Kindle.

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