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«Reorganización de la sociedad europea» y Saint-Simon, un pórtico inspirador para la construcción de un definitivo federalismo europeo tomando ciertos aspectos de su pensamiento

Claude-Henri de Saint-Simon: un sucinto repaso a su vida

Claude-Henri de Saint-Simon (1760-1825) era sobrino nieto del duque de Saint-Simon, presenta una vida digna de novelarse, pues como militar estuvo a las órdenes de Washington y La Fayette en la Guerra de Independencia que vino con la Revolución Americana. Estuvo en prisión durante un año aproximadamente en Jamaica, intentó convencer a las autoridades mexicanas del virreinato para que se cavase un canal que uniese a las orillas atlántica y pacífica.

En España propuso la construcción de un canal que uniese a Madrid con el Mediterráneo y que sería un eje de desarrollo económico y social; al estallar la Revolución francesa abandonó sus tratamientos aristocráticos de buen grado y adoptó el nombre de Ciudadano Bonhomme. Esta situación lo posicionó para adquirir bienes fruto del proceso que nacionalizó las propiedades eclesiásticas, y sobre la que construyó una fortuna digna de mención, durante el Terror pasó un año en prisión, para ascender con el Directorio en su posición social y consideración, pues abre salón y recibe a las principales figuras de la ciencia y la política.

Tras ello, inicia un periodo en su vida como escritor y reformador social con el cambio de siglo, momento en que afronta dificultades económicas que lo hacen moverse, como otros compatriotas, hacia momentos de pobreza ocasional. Emprende estudios en la Escuela Politécnica y en la Facultad de Medicina.

El pensamiento de Saint-Simon

Estamos ante un pensador del desarrollo a lo largo de la Historia. Para él, el devenir de los siglos vendría marcado por etapas de desarrollo que se van buscando entre sí, con una evolución que se puede calificar de endógena. Así, para Saint-Simon la era grecorromana es politeísmo, esclavitud y tendencia hacia un poder político monolítico; la Edad Media es catolicismo y fragmentación de poder; y, percibe cómo alrededor del siglo XV empiezan unas primeras bases de lo que él percibe en un momento futuro que llegará a ser una era de industria, tecnología y ciencia, concibiendo con ello una nueva religión, de la que hablaré más abajo. Estamos pues ante el germen que desarrollará precisamente su discípulo, Auguste Comte, en la Ley de los tres estados.

Para Saint-Simon el sustantivo «industria» tiene un significado rico y amplio. Así, el industrial es aquel que produce, en cualquier campo, de las ciencias, las artes, la literatura, las finanzas, la agricultura, el comercio, la producción material. Es pues el industrial un sujeto activo en la sociedad que pretende impulsar, y que se distingue con claridad de un elemento que él percibe como su opuesto y que tiene tendencia a lastrar el progreso, dándose en el campo que se quiera dar y que es el rentista, aquél que succiona los recursos de la sociedad de la manera en que se quieran producir, que saca rendimiento aprovechándose del trabajo de los demás, hasta causar la ruina.

Para él la Revolución francesa es un anuncio del choque entre las fuerzas productivas y las ociosas, entre la dominación del statu quo ocioso contra el industrial, entendido como él lo hace, y que debe venir marcado por la ciencia, las artes, y por una administración capaz y también ella misma, industrial, es decir, no ociosa, más al contrario, productiva e impulsora en todos los campos. No obstante, la Revolución francesa fracasa en su intento de desplazar al grupo de los ociosos en favor de los industriosos, pues no se pudo consolidar la formación de una élite científica, humanística e intelectual que apuntalase la acción violenta, que acabó en no servir para nada, pues los aristócratas ociosos continuaron gozando de influencia suficiente o lograron cooptar a los miembros estratégicos para mantener los elementos de dominación y «rentismo» en el plano espiritual, administrativo, productivo en un sentido muy amplio y judicial.

Es interesante subrayar cómo, gracias a la obra de Adam Smith y Jean-Baptiste Say, la economía política o, en palabras de Saint-Simon, «la ciencia de la industria» es un ciencia positiva. Pero, para Saint-Simon no es una disciplina autónoma, apartada de las otras ciencias sociales, en particular de la ética o de la moral y de la política.

Por cierto, de Jean-Baptiste Say, que además de colaborador de Saint-Simon, estaban unidos por los lazos de la amistad, toma la idea de que el valor se basa en la utilidad. Para Saint- Simon la sociedad se caracteriza por la circulación de tres flujos, a la manera de la sangre, y que por consiguiente, mantiene vivo al cuerpo, y que son: dinero, conocimiento y consideración. En su visión económica el elemento central es el trabajo pues es el que genera utilidad, ya sea material o inmaterial, ambas indispensables y mutuamente necesarias para el correcto funcionamiento. En la sociedad industrial que él reclama, todos los ingresos deberán provenir del trabajo, lo que implica la desaparición de los rentistas y la abolición de la transmisión de bienes por herencia.

Saint-Simon se muestra crítico con la hegemonía que ostenta el poder del Estado en su momento, pues propicia la acción y el poder de los rentistas, además de que Saint-Simon no cree en el mercado ni en su mano invisible. Para él la era industrial es una época en la que se organizará la producción social, siendo, a su vez, a través de la organización social de la producción, y en particular por las obras públicas o acción del Estado en buenas manos, y no por la caridad, que mejoraremos la suerte de los más pobres y numerosos, en aumento por el predomino de los rentistas.

En definitiva, el industrialismo de Saint-Simon combina ideas socialistas (por ejemplo, quiere organizar el trabajo para asegurar la mejora de la vida de los más desfavorecidos) e ideas liberales (por lo tanto, la organización económica debe ser absolutamente distinta e independiente de la organización política), es por consiguiente, una síntesis del proceso de la Ilustración antes de su separación entre liberales y socialistas. 

Además, cuando sitúa con toda justicia la «cuestión de la mujer» en el centro de su doctrina, el saint-simonismo participó en el renacimiento del feminismo que tuvo lugar durante la década de 1830.

La reforma espiritual de Saint-Simon

Al final de su vida, Saint-Simon sentó las bases de una nueva “religión”, que plasmó en un ensayo a la que llamó al igual que la obra en que lo teorizó: “Nuevo cristianismo” (1825), para luchar contra el egoísmo y el individualismo.

Tomando los principios morales del cristianismo, de los que nos hemos alejado, esta nueva religión, naturalista, considerada más bien como un nuevo código moral, debe ser filantrópica y convertirse en el fundamento espiritual de la sociedad: «ama a tu prójimo como a ti mismo» y «los hombres deben considerarse hermanos». Considera muy necesario que se enseñe al ser humano que para obtener el premio de una vida con propósito y feliz, debe trabajar por el mejoramiento de la existencia del prójimo y defender el interés general en detrimento del interés particular. Su objetivo declarado es «mejorar la moral, física e intelectual de la clase más numerosa y pobre». No debe unir las clases entre sí, sino alentar y honrar el trabajo. Proscribe la sangre, la violencia, la iniquidad y la astucia.

Su advenimiento unirá a artistas, científicos e industriales, los convertirá en directores de la especie humana, colocará las bellas artes, las ciencias y la industria a la cabeza del conocimiento sagrado. Finalmente, anuncia que el paraíso en la Tierra está cerca, porque al hacerse dueños de la Naturaleza, los Hombres, con su trabajo, satisfarán sus necesidades materiales y espirituales. Seguirá una sociedad del bienestar, donde reinarán la libertad y la paz.

No deja de ser interesante la forma en que hace reflexionar a Gandhi la lectura e interpretación del Sermón de la Montaña, de acuerdo con la rica tradición de India, y qué impacto podría tener en el funcionamiento de las sociedades europeas y en el globo. Al respecto, recomiendo la lectura de la reflexión del Dr. P. T. Subrahmanyan que se puede consultar en la web de la Gandhi Research Foundation.

La propuesta federal europea de Saint-Simon

Esta obra, que cuenta con la colaboración de Augustin Thierry, merece que se subraye el subtítulo de la obra, ya que resulta pertinente de resaltarse: «unir a los pueblos de Europa en un solo cuerpo político», pero al mismo tiempo «preservar para cada uno su independencia nacional». ¿Cómo es ello posible? Pues si el permaneciendo independiente se entiende en el sentido exclusivo de que cada pueblo seguirá siendo la fuente de todas las leyes que lo obligan, ofreciendo con ello a toda Europa un ejemplo a gran escala. 

Para Saint-Simon resulta fundamental el modelo político inglés, pero la solución que propone se debe aún más a otra fuente de inspiración, que se halla presente constantemente aunque nunca mencionada en su texto: la Constitución federal estadounidense redactada en Filadelfia en 1787.

De hecho, estamos ante la existencia de un solo cuerpo político, las naciones de Europa que ya se habían formado en el pasado, siguiendo a Saint-Simon en su introducción: proponiendo como cimiento la Edad Media, construido sobre la argamasa de la religión católica, y de la autoridad suprema descansaba, que pertenecían al Papa y el clero romano. El orden del mundo se fundamentaba en la jerarquía: el Papado estaba por encima de todas las cortes europeas, en un grado u otro, refrenando sus ambiciones y arbitrando sus diferencias. 

Saint-Simon sigue el punto de vista opuesto a Dante en la controversia entre el Papado y el Imperio. Por tal razón la reforma religiosa que empezaría con Lutero en 1517 es en el fondo una lucha por la libertad, en el sentido de liberar las mentes de la mitad de los europeos del control del Papado, y con ello se rompió la cohesión política del continente, así como su unidad espiritual, la pugna Habsburgo vs Valois, por otro lado, y el desafío de los turcos en el Mediterráneo, sacudían el otro sillar, el Imperial. Se suponía que el «sistema de Estados», en el que estamos aún, de tipo pluralista, fundamentado en el novedoso elemento del orden y no en el de la jerarquía, construido en el tratado de Westfalia y conocido como equilibrio efectivo. 

Pero Saint-Simon reflexiona que Westfalia o el equilibrio de poder realmente no permitió alcanzar ninguna de las tareas que cuando se creó se pretendía alcanzar, pue es evidente que no ha conseguido la paz; más bien al contrario, avivó, prolongó e hizo más encarnizados los enfrentamientos. Se puede concluir que el equilibrio de poder ha resultado ser el más ilusorio de todos los elementos para ofrecer paz, y haríamos bien en no olvidar que el Cáucaso o los Balcanes también son Europa, y la guerra ha estado y está presente allí, y que la paz de Europa ha estado supeditada a la pertenencia a la expansión imperialista de la República norteamericana, por un lado, y como defensora del cosmopolitismo neokantiano por la vía del Mercado como motor principal, o, durante un tiempo, por la vía también del cosmopolitismo neokantiano por la vía del Proletariado, en el caso socialista. Dados los acontecimientos de guerra social, política, de choque de bloques geopolíticos o de clara guerra abierta, debido a la caída del espacio defensor del cosmopolitismo neokantiano socialista, y viendo que todos los Imperios son efímeros y que Estados Unidos da muestra de su agotamiento, podríamos recuperar las tensiones propias del sistema de Westfalia en partes de Europa Occidental con repercusiones globales. Así que, de nuevo, la construcción política europea con un sujeto político europeo, el pueblo europeo, como primer vector hacia un orden donde impere el cosmopolitismo de Kant, y con ello la paz en todos los órdenes, se impone como una tarea urgente y de ejecución inmediata para Europa. 

Es interesante cómo cierra su reflexión Saint-Simon, pues se pregunta si el orden de Westfalia había defendido al menos la pluralidad del sistema internacional contra el peligro de una monarquía universal. Y reflexiona que ni siquiera, ya que la desunión de las potencias continentales y sus inacabables rivalidades han permitido en ese momento que el Reino Unido «haga todo con impunidad», es decir, establecer su hegemonía en el resto del globo, ejerciendo un imperio absoluto sobre los mares. Recordemos que presentar el equilibrio de fuerzas como un ideal no sólo ineficaz sino engañoso, predicado a Europa por los ingleses para promover y cubrir su búsqueda de la hegemonía planetaria ha sido un tema común entre los autores franceses desde el siglo XVIII, además de haber sido algo especialmente desarrollado por la propaganda napoleónica. La diferencia es que mientras que Napoleón llamó a los continentales a unir fuerzas contra Gran Bretaña, Saint-Simon propone otra solución.

De modo tal que el acto de equilibrio redunda con claridad en un orden falso, no una paz perpetua sino una guerra permanente, seguida en cuanto se cuenta con las condiciones para ejercerla y, con ello, Europa se debilita y siembra su propia ruina ante los colosos que previó en su día Tocqueville en la Democracia en América, Estados Unidos y Rusia; hoy, si Europa no se forma, sucumbirá ante Estados Unidos y China, peleándose las guerras, como siempre, sobre el continente europeo, sean estas del carácter que sean.

En definitiva, Europa entera, sin excepciones, vive realmente en un estado de sangrienta anarquía del que solo los ingleses se han beneficiado y que no hay esperanza de enmendar, cuyo futuro es terrible, como me permito reflexionar, ya sea por el colapso de la República imperialista de Estados Unidos, propiciando conflictos entre europeos, o bien, el otro escenario es la lucha entre China y Estados Unidos sobre el continente europeo, cosa que ya sucede, pero alcanzando límites más terribles. O también podríamos enzarzarnos en «guerras civiles» europeas para regocijo de norteamericanos mientras recuperan la posición con respecto a China, y luego repetir el escenario de la Segunda Guerra Mundial con Estados Unidos y una alianza dirigida por China que ocuparía el lugar de la URSS de antaño. Por tanto, hay que salir de Westfalia de una vez, y el único método eficaz, argumenta Saint-Simon, es restablecer entre las naciones europeas, incluido el Reino Unido, la unión que existía en el siglo XIV. Para nada, aclara de inmediato, volver atrás y resucitar las supersticiones de antaño y el poder de la Iglesia católica, «esa vieja organización que todavía cansa a Europa con sus escombros inútiles», sino para avanzar en la dirección del progreso y desarrollar una constitución paneuropea moderna, laica y liberal.

Análisis de la estructura de la Reorganización de la sociedad europea

El primero de los tres libros que componen la obra analizada abordan los principios organizativos. El fundamento principal, la piedra angular, es que Europa necesita más que una simple alianza de sus naciones; necesita una verdadera estructura política federativa. En un congreso o en una dieta de gobierno, incluso cuando todos los participantes anhelan la paz, todos tratan de promover sus intereses particulares: entonces o el acuerdo resulta inviable o bien se llega a un compromiso que rara vez corresponde al interés general, y que será apoyado, si es necesario, por una alianza parcial. La paz de las naciones, al igual que la de los individuos, requiere un organismo común, depositario del interés europeo y dotado de una fuerza cooperativa, un poder que conjuga voluntades, centraliza acciones y garantiza contratos, en definitiva, «un gobierno general que [es] para los pueblos lo que los gobiernos nacionales son para los individuos». Partiendo de este axioma, el autor establece cuatro principios: 

1/ El gobierno general debe ser completamente independiente de los gobiernos nacionales. 

2/ Debe tener, en particular un poder propio, que puede utilizar de forma independiente. 

3/ En cuanto a su composición, debe estar formado por un tipo especial de personas, inclinado a anteponer el interés común (europeo) a los intereses específicos (nacionales). 

4/ El último principio, pero el más importante de todos ellos, es que el todo y las partes (es decir, la federación y los estados) deben ser homogéneos en la forma de sus regímenes políticos.

Entonces, surge la cuestión, ¿cuál es el mejor régimen posible para la nueva Europa, tanto para sus naciones como para la unión general? Este es el sistema representativo, que ya ha demostrado su valía en Reino Unido, Francia acababa de adquirirlo, las demás naciones le seguirán. Traza el siguiente paralelismo: así como en la Edad Media la Iglesia Romana había sido una oligarquía (teocrática) que gobernaba a otras oligarquías (feudales), la Europa del mañana tendrá que ser un superestado parlamentario, formado únicamente por estados parlamentarios. La organización del estado europeo, bastará con modelarla sobre el sistema británico. En Reino Unido, se pudo establecer una maquinaria institucional expresión tanto de los intereses de los diferentes estratos de la sociedad, caso de la Cámara de los Comunes, como del interés del conjunto nacional, que es tarea del «Rey», expresión con la que Saint-Simon designa, de hecho, no sólo al soberano por derecho de sucesión, «los honores sin el poder», sino también «el poder sin los honores», es decir el jefe de gobierno apoyado por la mayoría de la Cámara. A este último pertenece la función legislativa; el «rey» puede iniciar o bloquear leyes y ejercer la función ejecutiva. La interacción de los dos poderes asegura que no se adopte ninguna norma ni contra el interés general ni contra la mayoría de los intereses sectoriales; y entre estas dos autoridades los británicos han colocado a una tercera, cuya misión es contenerlos dentro de sus respectivos límites; este «poder moderador» lo ejerce la Cámara de los Lores, que no actúa contra la mayoría de los intereses sectoriales.

Si se aplica, dice Saint-Simon, el modelo británico al continente, cosa que hace el autor en la segunda parte del libro, también es necesario que dotemos a Europa de un parlamento bicameral. En una de las cámaras, los pueblos estarán representados, por ejemplo, por cuatro diputados por cada millón de personas que saben leer y escribir; suponiendo que haya unos sesenta millones en total, la cámara tendría doscientos cuarenta miembros. La unión también tendrá su Cámara de los Lores, nombrada por el «rey»; y por supuesto que tendrá un «rey». Saint-Simon se reserva el derecho de tratar su designación, sus poderes y, de manera más general, el poder ejecutivo en un trabajo posterior. Pero no cabe duda de que en su mente había que añadir al monarca hereditario una especie de rey electivo de Europa, correspondiente al Primer Ministro británico, en ciertos aspectos, una suerte de Emperador electivo al estilo de los Antoninos.

Dadas las circunstancias y su contexto histórico,1814, el libro está escrito apresuradamente, y opta por centrarse en el parlamento y la función legislativa. Como se ha dicho, la cámara baja encarna el principio de representatividad a nivel europeo. De ello se desprende que dentro de él el peso de las diferentes naciones será desigual: como Penn y a diferencia de Saint-Pierre, Saint-Simon establece que cada Estado enviará allí un número de delegados proporcional a su población. Pero estos diputados, ¿cómo votarán? Tanto en el Abad de Saint-Pierre (Proyecto de Paz Perpetua) como en William Penn, los miembros del Gran Consejo Europeo hablaron por estado. Aquí no: se determinarán individualmente, en el alma y en la conciencia, según la imagen que cada uno tenga del interés general. Por consiguiente, pueden agruparse, sobre un tema particular, por afinidades transversales, filosóficas, etcétera. Una suerte de trabajo sectorial.

Por supuesto, el principio representativo no debe confundirse con el gobierno democrático. Los doscientos pocos diputados serán elegidos y, entre los principales proyectos federales, el de Saint-Simon es el primero en considerarlo. Pero no serán elegidos de entre todo el pueblo, ni por él. No es sólo que con la palabra «pueblo» el autor se refiera sólo a la parte alfabetizada de la población europea de la época, es también y sobre todo que dentro de esta minoría de literatos, sólo una minoría. Muy pocas personas tendrán la posibilidad de elegir y ser elegidas. La calidad de eurodiputado requiere, de hecho, pues es uno de los cuatro principios, la amplitud de miras que permite ver más allá de las fronteras de su país: un “patriotismo continental”, en definitiva. Sin embargo, esta visión es sólo prerrogativa de determinadas categorías profesionales; cuatro grupos, según Saint-Simon: «comerciantes, eruditos, magistrados y administradores». Los diputados serán elegidos de entre estas personas y por ellos: cada millón de europeos alfabetizados estará representado por el industrial o el comerciante, por el científico, por el abogado y por el funcionario público designado por sus respectivos colegas. Su mandato será de diez años.

Los Pairs, sin embargo, serán elevados a ese rango por el «rey», quien elegirá entre los miembros de la élite tradicional, los terratenientes. Pasarán el título a sus herederos. Junto con los diputados, constituirán el parlamento de la Unión, que tendrá un amplio campo de acción. Examinará todas las cuestiones de interés general para la sociedad europea, empezando evidentemente por la solución pacífica de controversias. En las disputas que puedan surgir entre gobiernos nacionales, será el único juez. Su función principal será, en otras palabras, prohibir la guerra en Europa, establecer y mantener allí un estado de paz perpetua. Pero también será soberano en muchas otras áreas:

1/ Cuestiones de secesión, que resolverá en interés de las poblaciones interesadas y no en el de sus gobiernos

2/ Obras de utilidad general, como los canales Danubio-Rin, o bien Rin-Báltico, que promoverá;

3/ La educación pública, que supervisará en toda la Unión y a la que contribuirá con la elaboración de un «código ético» personal, nacional y europeo;

4/ Las libertades individuales de los ciudadanos de la Unión, que les garantizará plenamente: la libertad de opinión en particular, así como el ejercicio de todas las religiones, pero a condición de que sean compatibles con el código ético Europeo;

5/ Las actividades externas de la federación, de las que él tomará la dirección.

Y para cumplir con estas tareas, tendrá la facultad de recaudar directamente los impuestos que considere necesarios.

El Parlamento Europeo diseñado por Saint-Simon tendría poderes muy amplios, tanto jurisdiccionales (sería la corte suprema de los Estados) como políticos, sin distinción entre asuntos externos e internos de los miembros. De hecho, interferiría con los problemas que caen dentro de su dominio más reservado; además de las disputas internacionales, podría resolver disputas entre un gobierno y parte de su pueblo (una minoría nacional), en beneficio de este último. Bajo la responsabilidad de este órgano, la Europa pacificada no solo tendría una política exterior común, sino también una política común en términos de grandes obras y educación, un área crucial, esta última, para trabajar por el establecimiento de la solidaridad continental en la mente de los europeos. El Parlamento también sería el garante de las libertades en toda Europa. Financieramente, no necesitaría depender de la buena voluntad de los Estados miembros, porque tendría el control de su presupuesto y no dependería de sus retrocesiones.

¿Cuándo y cómo será posible una reorganización tan profunda? Pues podemos unirnos a la proclama en su día de Saint-Simon: es hoy

El «medio de unión», que trata de la tercera y última parte del libro, reside en opinión de Saint-Simon en la asociación inmediata de las dos naciones que ya se benefician del sistema parlamentario, y que resultan ser las dos mayores potencias europeas: Reino Unido y Francia. Debemos comenzar por ahí, sin esperar el momento en que los demás países estén lo suficientemente informados como para darse a sí mismos constituciones representativas a su vez. Ese momento llegaría, tarde o temprano, pero mientras tanto, quién sabe cuántas guerras aún podrían afligir a Europa. Salvamos esto estableciendo las instituciones federales en su parte más avanzada. Entonces operará la dupla franco-británica,

Pero, ¿por qué deberían Gran Bretaña y Francia preferir la asociación a su antigua rivalidad? Porque les interesa más que nunca, como Saint-Simon intenta demostrarles. Ambos están amenazados de revolución, por orgullo nacional en el caso de Francia, por la deuda nacional en el de Gran Bretaña, demasiado humillado el del tratado de paz, demasiado lastrado por el otro por más de veinte años de guerra. Esta revolución, sólo pueden evitarla apoyándose mutuamente mediante una unión que aliviaría las finanzas inglesas (los dos países harían fondo común) y se ocuparía de la autoestima herida de los franceses. Y que, posteriormente, acabaría con las desgracias de todos los europeos.

No obstante, en ese momento contó, evidentemente con más partidarios en Francia, recién derrotada, que para Gran Bretaña, que alcanzó la cima del poder. Saint-Simon, por tanto, planeó violar, inicialmente, el principio de proporcionalidad y atribuir a Reino Unido, decana del parlamentarismo, el doble de diputados que a Francia (ocho por millón en lugar de cuatro). La siguiente fase comenzaría con la adhesión del tercer socio principal, el antiguo Imperio Alemán; Saint-Simon lo previó rápidamente, porque también en Alemania se estaba preparando una gran y necesaria revolución, que sería liberal y nacional (es decir unificadora), y cuya entrada en la Unión permitiría encauzar.

Sirvan estos últimos párrafos de reflexión para nuestros días. Recordemos que al principio de la construcción europea, en el siglo XX, el hegemón fue Francia, y se le pueden imputar tanto aciertos como errores, entre otros la política agraria común. Pero a medida que se ha ido ampliando la Unión Europea o han cambiado los parámetros demográficos y económicos nos hemos encontrado con una evidencia: la preeminencia del egoísmo y de los intereses de las partes lleva a la debilidad y fragmentación, y a la dificultad de la comprensión de la auténtica naturaleza de la construcción europea. De las dificultades de Francia como hegemón para reconocer el ascenso o entrada de otro actor, como puede ser el Reino Unido en su momento, aunque luego han colaborado, colaboran y colaborarán, pasando por las reticencias del ascenso de Alemania… a la formación del eje franco-alemán y las dificultades para concitar un eje mayor, a saber, Londres-Madrid-París-Roma-Berlín, y ahora llegamos a la cuestión de la ampliación hacia el Este y el aumento del peso específico de Polonia. De ello hablé con motivo del análisis y reflexión de la defensa europea a partir de la propuesta del SPD de un 28º Ejército, de nuevo en clave federal. En el documento señalaba, y es muy oportuno repasarlo, cómo Estados Unidos impulsa la estrategia Trimarium para debilitar lo que se fortalece, dividir lo que se une, que es Europa. Europa no puede construirse dentro de las actuales fronteras de la UE sin tener presente a Londres, además del eje Madrid-París-Roma-Berlín-Varsovia y Estocolmo. Es decir, ha de ser un eje multidireccional y multiespacial. Igualmente, hay que mantener un eje en el Mediterráneo oriental y en su proyección, y recuerdo que Turquía sigue siendo país candidato, su posición es clave en el Mar Negro y en el eje euroasiático. Por supuesto, Ucrania está ahí, además de Bielorrusia y la misma Rusia. No pensar Europa en estos términos, sin olvidar el Magreb y el Mashrek, el Mediterráneo ampliado, del que hablaremos en esta revista digital, es un elemento tan imposible de ejecutar, tanto como darle la espalda al Ártico, o al continente americano y a India y China. Son elementos en los que Europa debe formarse y pensarse, construirse, estabilizarse y proyectarse. Pero en esta Unión Europea todo pasa, y sigue pasando por Londres-Madrid-París-Roma-Berlín-Varsovia-Estocolmo.

Unas reflexiones sobre la obra Reorganización de la sociedad europea

Como Montesquieu, Saint-Simon cree que el mundo venidero, dominado por la industria y el comercio, será un mundo pacífico. Al final de las guerras napoleónicas, propuso una reunificación de Europa sobre bases económicas y comerciales, ya que sobre 1814 escribió el ensayo que es objeto de este artículo, y lo envió al Congreso de Viena. Propone la construcción de un reino europeo, construido sobre el fundamento de los grandes contendientes de las Guerras Napoleónicas y de los dos modelos europeos opuestos, el de Francia y el del Reino Unido. El anhelo de Saint-Simon con tal propuesta es el de alcanzar una era industrial en toda Europa, que venga también propiciada por una federación que reúna a todos los gobierno de Europa. La interdependencia económica y política entre naciones que hasta ahora siempre han luchado entre sí estará asegurada, entre otras cosas, por una moneda única y un sistema bancario único, condiciones necesarias para el desarrollo industrial. Un parlamento europeo electo, como los parlamentos nacionales, tendrá el poder de financiar obras importantes, investigación científica e instituciones culturales. De hecho, imagina un federalismo centralizador que desconfía de los estados nacionales.

En cierto modo, Europa no es una etapa cualquiera en el proceso de asociación universal. Constituye la primera condición, pero también el vector privilegiado, el motor decisivo.

Ciertamente, resuena también Kant, con lo que nos llevaría a trazar un hilo, una continuidad, entre Rousseau o Montesquieu, Kant y Saint-Simon, y la proposición de una construcción europea que nuestros tiempos no sólo invitan, podríamos decir que es la condición sine qua non para enfrentarnos a los desafíos de este siglo y los venideros como ciudadanos europeos. No obstante, como reflexionaremos en otro artículo, la idea del federalismo europeo podría ubicarla en el siglo XIV, y tendría como espejo o gran modelo, el Imperio romano y la Pax Romana.

En definitiva, las implicaciones de la propuesta de Saint-Simon implican traer de vuelta todas las relaciones sociales y políticas hacia una síntesis con el motor de la utilidad, sin pasiones, conflictos ni propósitos conquistadores, se trata de construir un mundo nuevo y perfecto, nuevas relaciones humanas basadas en la eficiencia, mediante la reorganización científica de la sociedad mediante la gestión. En este libro de Saint-Simon estamos ante una concepción original de la federación europea, integrada y pospolítica. 

Paradójicamente, es como si Saint-Simon señalase para completarlo y ayudarnos a reflexionar en estos momentos, aquello que Victor Hugo se planteaba en el discurso pronunciado el 21 de agosto de 1849 en el Congreso de la Paz, «Estados Unidos de Europa», en el que, para que tenga sentido y sea posible, todas las naciones del continente tienen su lugar, incluida Rusia. La Europa de Hugo es claramente política y de civilización, y tal y como digo, queda completada por la de Saint-Simon, pues sumando ambas tenemos la síntesis de las dos posturas federalistas de Europa: la visión política, de Hugo, y la científica, pero también moral, de Saint-Simon.

Mi propuesta es que dejemos de considerar el federalismo europeo bajo el prisma excluyente de una visión federalista política o científica, para trazar una síntesis copulativa, política y científica/moral, en los términos manifestados por Saint-Simon.

Avispones y abejas

Sin embargo, el pensamiento de Saint-Simon presenta otra faceta muy pertinente en el mundo actual, y que nos permite comprobar que se opondría abiertamente a determinadas características de la globalización neoliberal actual. Para él, el trabajo prevalece sobre el capital y el mérito sobre la riqueza. Nunca deja de enfrentar a los avispones de la colmena contra las abejas. Los avispones (nobleza, clero y juristas), al no producir, al ser rentistas, no pueden reclamar el poder; los jefes de las abejas (jefes de industria) deben ocupar las principales funciones políticas. Este principio niega a la propiedad un valor intrínseco. Se requiere que esté ligado al mérito, de lo contrario no le corresponde ningún papel en el sistema industrial:   […] el derecho individual de propiedad sólo puede basarse en la utilidad común y general del ejercicio de este derecho. «

Saint-Simon condenaría el papel abusivo de las instituciones financieras y su efecto indebido en la economía y la sociedad. En el proceso, lucharía contra la especulación bursátil y el uso de paraísos fiscales. Asimismo, condenaría las bonificaciones pagadas a directivos que no producen en proporción a los emolumentos percibidos. 

Esto es, tal y como manifiesta Esteban Hernández en el revelador capítulo 6 de su libro «Así empieza todo», titulado «El dinero: la maldición de tener mucho», donde reflexiona sobre el cambio entre el temido capitalismo de los gestores fordista, pues,

(…) se trata de orientar la firma en la dirección que resulta propicia al entorno financiero, tenga o no consecuencias en el futuro de la empresa. Este es el motivo por el que los directivos exigen una mayor remuneración, a menudo en forma de bonus: si su papel es el de producir efectivo, quieren un porcentaje de lo conseguido.

Así empieza todo. Esteban Hernández.

Precisamente, hablando de Esteban Hernández, el 20 de noviembre de 2020, escribió un artículo donde reflexionaba sobre el rentismo.

Nos explica Esteban que la concentración bancaria obedece a la configuración de los negocios contemporáneos, particularmente aquellos que tienen recorrido, resultan atractivos para los inversores, pero también es un reflejo perfecto de nuestro tiempo y de cómo es nuestro capitalismo, sus orientaciones, visiones de futuro y exigencias.

Partiendo del libro de Brett Christophers, ‘Rentier Capitalism, Who Owns the Economy, and Who Pays for It?’, Christophers halla un vínculo directo de las principales empresas participadas del Reino Unido, como ejemplo global, con diferentes sectores, desde las finanzas hasta la tecnología, pasando por las empresas especializadas en obtener contratos gubernamentales, fuertemente asentados en posiciones monopolísticas u oligopolísticas.

De modo que el rentismo es la extracción de “rentas derivadas de la propiedad, la posesión o el control de activos escasos en condiciones de competencia limitada o nula”, cosa que le dan ese valor.

Señala Esteban que el rentismo no es un momento perverso del sistema, sino el centro de su funcionamiento: en el capitalismo occidental, se han sucedido transformaciones diversas que han conducido hacia la consolidación, pero también se han promovido políticas monetarias y económicas orientadas a asentar y aumentar el valor de los activos, así como políticas estatales e internacionales que han hecho posible la maximización de las rentas generadas.

Según Christophers, si la mercancía era la esencia del capital en los análisis marxistas, su correspondencia actual, la clave para comprender los efectos del auge del capitalismo rentista, sería el monopolio, porque proporciona las condiciones en que un activo puede generar mayores ingresos.

En Occidente, hay diferentes actores que cuentan con una cantidad ingente de ahorro, y ahora ya ha llegado el momento en que están buscando rentabilidades seguras y frecuentes, y existen muchas empresas que aspiran a ser las elegidas por esa masa de capital inversor. Para ello, tratan de volverse atractivas, y en ese intento, el control del mercado en el que se opera, el tamaño, las barreras de entrada elevadas y la capacidad de influencia son bazas esenciales. Por eso los bancos se fusionan, porque prometen mayor poder, y con él, y dada la escasez en el acceso al dinero, sugieren rentas más sustanciales y regulares. Aunque hay muchos caminos para conseguir esos objetivos, dependiendo de los sectores concentrados, lo esencial es que hay que delimitar espacios relativamente seguros a partir de los cuales las rentas puedan fluir.

Por otro lado hay que observar cómo ese proceso de concentración ha llegado también a la inversión, percibir qué lógicas dominan y de las intenciones de sus gestores. Para ello propone Esteban un «paper», de Benjamin Braun.

Braun detalla que la industria de la inversión ha vivido un proceso de concentración. Esto ha dado lugar a:

1/ La creación de entes que se encargan de la gestión de grandes cantidades de activos en muy pocas manos.

2/ En tales entes, sus dirigentes poseen un gran poder sobre la gestión corporativa.

3/ Los grandes administradores de activos son “propietarios universales” que mantienen carteras completamente diversificadas, y que operan como intermediarios con fines de lucro con un modelo de negocio basado en comisiones.

4/ Los administradores de activos no tienen ningún interés económico directo en las empresas que están en su cartera: “Mientras que el régimen de primacía de los accionistas estaba orientado a maximizar el valor de las acciones de empresas individuales, el capitalismo de los administradores de activos está orientado a maximizar el valor agregado de los activos bajo administración”.

Es así como llegamos a un mercado de la inversión que presenta una muy fuerte concentración, y que busca empresas en las que invertir, pero no como una apuesta a medio plazo, ni para hacerlas crecer, sino para obtener rentas. Dado el poder y la influencia con los que cuentan estos fondos, las empresas se reorganizan para hacerse atractivas a sus ojos, y la concentración es uno de los elementos más habituales. La economía actual es la economía que se articula a partir de la interconexión entre estos dos polos.

Ciertamente estamos ante el peor resurgimiento de los privilegios del Antiguo Régimen, el regreso de los avispones de la colmena aprovechándose de las abejas.

Tal y como en 1828 Buonarroti reflexiona, el nexo de unión entre el radicalismo revolucionario sansculotte y el primer socialismo de los años treinta del siglo XIX, enfrentaba en su Conspiration pour l’Égalité (1957, 25 y ss.) ese espíritu de opulencia, común a la aristocracia ilustrada y a la triunfante burguesía, y al que denominaba système d’égoïsme, frente al système d’égalité defendido por las clases populares. Es también por este motivo por el que Europa debe ser un sistema d’égalité que ponga fin al sistema d’égoïsme.

Interesante también resulta el artículo de Esteban Hernández, titulado Los gigantes financieros en la era del nuevo capitalismo, ya que precisamente nos traslada Esteban la pugna entre unos financieros avispones y otros abeja, entre el acaudillamiento de la industrialización verde, hecha ante todo desde la City o Suiza, en detrimento de un capitalismo que ha sido hegemónico, y cuya hegemonía perdurará con terribles consecuencias, ante todo en Estados Unidos, y cuyos coletazos son Donald Trump.

Bibliografía

André, Liebich et al. Construire l’Europe: Mélanges en hommage à Pierre du Bois, Graduate Institute Publications, 2015.

Buonarroti, Filippo, Conspiration pour l’Egalité díte de Babeuf, Ed. Sociales, Paris, 1957.

Christophers, Brett, ‘Rentier Capitalism, Who Owns the Economy, and Who Pays for It?’, Verso Books, New York/London, 2020.

Dosenrode, Søren, Approaching the EUropean Federation? Ashgate, 2013.

Hernández, Esteban, Así empieza todo, Editorial Ariel, Madrid, 2020.

Medina Sierra, Luis Fernando, Socialismo, historia y utopía, Akal, 2020.

Musso, Pierre, L’actualité du saint-simonisme. Colloque de Cerisy, Presses Universitaires de France, Paris, 2004.

Saint-Simon, Claude-Henri, Oeuvres de Saint-Simon, Nabu Press, 2010.

Taylor, Keith, Political Ideas of the Utopian Socialists, Routledge, London, 2013.

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